VITICULTORES EN BALDOMAR

Vall de Baldomar es un proyecto familiar emprendido en los años ochenta por Hermenegildo Porta Trepat. Desde sus inicios, contó con la colaboración fundamental de Joan Milà, desgraciadamente desaparecido en 2010. En la actualidad, Hermenegildo Porta dirige la bodega junto con su hija Marta.

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El mundo de la viticultura siempre ha estado ligado al pueblo de Baldomar, que en sus inicios elaboraba vino para consumo propio. En el centro de la imagen, Francesc Porta, padre de Hermenegildo, y vecinos del pueblo en el año 1946.

¿Qué es Vall de Baldomar? Es el resultado de una suma de experiencias, una bodega que al principio es una aventura personal y que poco a poco, invirtiendo mucho trabajo y esfuerzo, va transformándose en una empresa. Vall de Baldomar es también un homenaje a mis orígenes y el fruto de un profundo amor por la tierra de mis padres: el pueblo de Baldomar.

¿De dónde viene este impulso personal? Aunque no soy campesino, vengo de familia de campesinos. Cuando era niño estrujaba la uva con los pies. Todo el pueblo vivía del vino, entonces. Yo, que soy segundogénito, me marché del pueblo a los 14 años para hacer de mecánico en Artesa de Segre. En 1959, con 18 años, me establecí en Barcelona. Pero la tierra tira y al cabo de muchos años tuve la oportunidad de comprar un antiguo pajar en Baldomar y una era donde plantar una viña. Corría el año 1980 o 1981. Así empezó todo, simplemente con la idea de hacer vino para mí y de volver a los orígenes, de recordar la infancia.

¿Cuál es el momento clave, cuándo está claro que este proyecto personal puede tener un sentido también como empresa?Fue fundamental conocer a Joan Milà, el enólogo que nos guió en los inicios y que después también fue copartícipe de la empresa. Yo tenía mucha ilusión por elaborar vinos diferentes, y él me dijo que era posible. Aportó mucha seguridad y una gran visión. Era un genio, muy libre y muy próximo a la vez. Fue un gran amigo.
Con él plantamos la primera viña experimental, en 1981. Después, en el 83, construimos la bodega y poco después hicimos el primer vino, aún sin marca. Poco a poco fuimos ganando confianza y al fin, en el 89, constituimos la empresa y sacamos al mercado el primer vino con etiqueta, un rosado extraordinario, sorprendente.

¿Qué es lo que diferencia esta zona, qué le da singularidad? El primer día que llevé a Joan Milà a Baldomar, al pasar el puente y ver todo el valle, exclamó: “¡Esto parece el norte de Italia!”. Era el mes de mayo y todo estaba verde y florido. Parecía un jardín, un pequeño paraíso. Creo que este paisaje aporta mucha personalidad.
Después, si nos fijamos en el detalle, hay factores que marcan diferencias: las condiciones microclimáticas, el tipo de suelo, las variedades que hemos plantado y sobre todo las manos, la viticultura que realizamos, que está dirigida a limitar la productividad.

Y todo eso condiciona el estilo de los vinos. Sí. En el caso de los blancos, por ejemplo, las variedades son muy determinantes, y en el rosado lo es el sistema de elaboración. En los tintos quizá sea la ubicación lo que da personalidad. En general, resulta de especial importancia la microzona: el conjunto de condiciones climáticas únicas que influyen en las viñas de Baldomar. Al otro lado del Segre, el merlot, por poner un ejemplo, no tiene este aroma tan singular.

¿Cómo son recibidos por el mercado, vuestros vinos? Muy bien: tenemos una valoración muy alta, especialmente la línea de los Cristiari. Es una marca que se basa en una materia prima excelente. Ofrece una gran calidad de producto y, además, se presenta con una imagen y un estilo que gusta. Es la niña de los ojos de la bodega.

¿De dónde viene el nombre de ‘Cristiari’? Tiene un nacimiento curioso: en el 89, cuando sacamos el rosado, decidimos que un producto tan bueno debía tener un nombre propio, así que reunimos a toda la familia para poner en marcha un proceso para juntar propuestas. Al cabo de dos semanas teníamos 74 nombres sobre la mesa, todos procedentes de la toponimia propia del lugar: barrancos, riachuelos, fuentes, montañas, fincas… Al final los reducimos a cuatro finalistas y salió ganador ‘Cristiari’, que es una denominación que aparece en documentos notariales antiguos: la fórmula “Praies et Cristiari” se refiere a un paraje del municipio, en el camino que lleva a la ermita de Salgar. Con la ayuda del cura que entonces había en el pueblo, mosén Joan Fenosa, desciframos que la expresión se refería al camino que llevaba antiguamente las plegarias de los cristianos.

 El sueño familiar que empezamos a principios de los años ochenta surgió con la voluntad de volver a los orígenes y se ha convertido, con mucho trabajo y dedicación, en una realidad.

El sueño familiar que empezamos a principios de los años ochenta surgió con la voluntad de volver a los orígenes y se ha convertido, con mucho trabajo y dedicación, en una realidad.

¿Dónde se pueden encontrar vuestros vinos? Siempre hemos estado presentes en la restauración media-alta, en tiendas seleccionadas y en el canal de venta directa, desde que a mediados de los noventa abrimos la bodega los fines de semana para recibir visitas y vender productos. Este paso fue muy importante, sobre todo por el contacto directo que permite establecer con los clientes. Con ellos hablamos, nos tratamos, les transmitimos nuestra forma de trabajar y de ser, de disfrutar.

¿Qué balance hacéis del proyecto Vall de Baldomar? Por la propia naturaleza del producto, una bodega es una empresa a largo plazo. Y más en nuestro caso, en que toda la viña se plantó nueva. En realidad no ha sido fácil: tuvimos que hacernos un hueco en el mercado, trabajar mucho, aprender y recibir golpes. Ahora, mirando la evolución seguida, estoy contento porque hemos sabido elaborar productos diferenciados y de calidad. Desde el principio tuve muy claro que, si no hacíamos algo diferente, no tenía sentido.

Y en esta búsqueda de la diferencia, habéis salido adelante. Sí. Los rosados y los blancos sorprenden, y con los tintos estamos trabajando para acentuar su personalidad. Una oportunidad buena en este sentido la puede dar la uva monastrell, por ejemplo. Más allá de las variedades, también trabajamos en el factor de la tierra, de la ubicación concreta.