Tierra de frontera

Un pequeño mundo encalmado se extiende entre los meandros del río Segre y el anfiteatro de las montañas del Montsec. Por las laderas de las estribaciones, la garriga y el matorral dejan paso a los campos de trigo. Sementeras, viñas y olivos componen una imagen de equilibrio ancestral. En medio del valle tranquilo, las casas apiñadas y parduscas de Baldomar son como una nave fondeada en una bahía en reposo. La llegada al pueblo, cruzando el río por un estrecho puente de piedra, causa una impresión duradera.

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UN VALLE CON HISTORIA

Baldomar está en la comarca de la Noguera, dentro de la zona media del curso del río Segre, a 350 metros de altitud y muy cerca de la población de Artesa de Segre.
La geografía y la historia marcan el carácter fronterizo de este territorio: Baldomar está cerca de las sierras del Prepirineo, y muy cerca del Segre, que durante la alta edad media trazó una frontera inestable entre los condados cristianos de las montañas y los pobladores musulmanes de la llanura, más al sur. Los castillos y las torres que puntean los desfiladeros a lo largo del río son el testimonio de un pasado convulso.

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EL PAISAJE DEL CAMPO

La escena es de una armonía rural, antigua y viva: Baldomar, flanqueado por colinas rocosas, maleza y cultivos. A su alrededor, los caminos conectan campos y granjas, pajares y riberas. Una trama tan antigua como la presencia humana en estas tierras fértiles cruzadas por las aguas del Segre. Ancho y caudaloso, el río es la gran arteria que determina el clima, la agricultura y, al fin y al cabo, las formas de vida.

VIÑAS DE SIEMPRE

Aquí siempre ha habido viña. Hileras de vides han ocupado los márgenes más pobres, las tierras altas del término, las áreas al límite del cereal. En Baldomar siempre se ha elaborado vino, de puertas adentro, para consumo familiar. Con una sabiduría consolidada durante siglos, que la filoxera primero y la sustitución de cultivos después casi consiguen desterrar.
La actividad vitícola ha dejado muchos rastros. Lagares, prensas, palabras y fotografías de principios del siglo XX recuerdan la trascendencia de una actividad que hoy renace bajo la protección de la denominación Costers del Segre y gracias al impulso de bodegas como Vall de Baldomar.

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